«El calor, base de toda vida.» Esta es una de las frases que el doctor Simeón Pressel repetía con más insistencia a quienes se formaban con él. No la decía como metáfora poética, sino como un principio que se puede observar y comprobar: no hay vida sin calor, y la calidad de ese calor —lo que esta tradición llama organismo calórico— dice mucho más de una persona que un simple termómetro.
Hay personas que parecen estar completamente presentes en sus manos y en sus pies: cálidas, vivas, habitadas. Y hay otras que, aunque la temperatura ambiente sea exactamente la misma, parecen ausentes de esas mismas zonas: frías, distantes, como si algo no terminara de llegar hasta ahí. Esa diferencia no es solo circulatoria. Es, según la tradición que da origen al masaje Pressel, una cuestión de presencia.
Un calor que no se mide con termómetro
Es cierto que el cuerpo tiene un calor físico, medible, el que marca un termómetro. Pero esta tradición habla de algo más sutil que convive con él: un calor que organiza, que sostiene, que mantiene la temperatura corporal estable en torno a los 37°C sea invierno o verano, sea que estemos en reposo o en movimiento. A ese conjunto de procesos se le llama, en este contexto, organismo calórico.
El organismo calórico es, en cierto modo, el lugar donde actúa lo más individual de cada persona: aquello que en cada uno de nosotros gobierna, ordena y da coherencia al resto del cuerpo. No es casual que se le considere la base de la salud: mientras ese calor se mantenga estable y bien distribuido, el organismo tiene la capacidad de regularse a sí mismo. Cuando se debilita o se concentra de forma desigual —mucho calor en algunas zonas, frío persistente en otras— es señal de que algo, en ese gobierno interno, no está terminando de llegar a todas partes.
Donde hay organismo calórico activo, hay presencia
Esta idea se entiende mejor con ejemplos cotidianos que cualquiera puede reconocer. Hay quien trabaja al aire libre con poca ropa, en un día frío, y no solo no tiene frío sino que disfruta del esfuerzo: genera su propio calor desde la actividad y el gusto por lo que hace. Hay niños que, tras una clase de manualidades o de movimiento, terminan con las mejillas encendidas —no por el ejercicio físico en sí, sino por la implicación genuina con lo que estaban haciendo.
Y existe también el fenómeno contrario: ese frío que cala hasta los huesos después de pasar horas inmóvil, sentado, sin haber puesto en juego ni el cuerpo ni la voluntad. No es solo que el cuerpo se haya enfriado por falta de movimiento. Es que, de algún modo, la persona estuvo menos presente en sí misma durante ese tiempo.
El patrón se repite una y otra vez: allí donde hay una voluntad activa, comprometida, genuinamente implicada en lo que está haciendo, aparece el calor. Allí donde hay repliegue, pasividad o desconexión, aparece el frío. Por eso, dentro de esta tradición, observar el calor de las manos y los pies de una persona no es solo un dato fisiológico: es una forma de preguntarse cuánto está esa persona, en ese momento de su vida, habitando su propio cuerpo.
Tres calores: el corporal, el anímico y el espiritual
Esta lectura del calor no se detiene en lo físico. Se habla también de un calor anímico —el que se enciende en los vínculos genuinos, en la alegría compartida, en el entusiasmo por algo que de verdad importa— y de un calor espiritual: ese fuego interior que se enciende cuando una persona hace algo que siente profundamente propio, algo con sentido para su vida, algo cercano a lo que podríamos llamar su vocación.
Los tres calores —físico, anímico y espiritual— no son compartimentos separados. Son tres expresiones de un mismo fenómeno: la presencia activa de alguien en lo que vive, en lo que siente y en lo que hace. Una vida con mucho calor anímico y espiritual, pero con un cuerpo crónicamente frío, tarde o temprano busca el equilibrio. Y un cuerpo cálido, bien irrigado, que sin embargo sostiene una vida vacía de vínculos o de sentido, tampoco encuentra ahí su salud completa.
Por qué el masaje empieza siempre por el calor
Quien ha recibido un masaje Pressel sabe que, antes de cualquier otra cosa, se cuida mucho que la persona esté abrigada: la sala caliente, mantas, alguna bolsa de agua caliente si hace falta, un recibimiento cálido desde el primer momento. Esto no responde solo a una cuestión de comodidad. Responde a la misma lógica que hemos descrito: sin un mínimo de calor, no hay terreno donde lo demás —el movimiento, el ritmo, la liberación de tensiones— pueda asentarse.
El masaje no impone calor desde fuera como quien enchufa una estufa. Más bien, lo invita: a través del contacto, del ritmo, de la atención sostenida sobre cada zona del cuerpo, ayuda a que el organismo calórico de la persona —ese que a veces se repliega, se concentra solo en algunas zonas o simplemente se apaga por el cansancio y la sobrecarga— vuelva a circular y a hacerse presente en todo el cuerpo. Por eso no es raro que, al final de una sesión, quien la recibe note que sus manos o sus pies, fríos desde hace tiempo, han recuperado calor. No es un efecto secundario menor: es, en cierto sentido, el efecto central.
El organismo calórico y una luz distinta sobre la fiebre
Esta misma lógica del calor permite mirar de otra manera un fenómeno que casi siempre se vive con alarma: la fiebre. Si el calor es expresión de una fuerza interna que actúa y se defiende, entonces la fiebre puede leerse no solo como una señal de alerta, sino también como un signo de que el organismo todavía tiene fuerza suficiente para responder. No es esta la ocasión para desarrollar esa idea —merece su propio espacio—, pero queda dicho aquí como invitación a seguir mirando el calor con otros ojos: no solo como algo que hay que regular cuando sobra o cuando falta, sino como una de las señales más honestas de que la vida, en alguna parte del cuerpo, sigue activamente presente.
Este artículo es de carácter informativo. El masaje Pressel es una terapia corporal de bienestar y prevención. No sustituye el diagnóstico ni el tratamiento médico.
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