Cuando algo se anuncia como «ecológico» o «bio», solemos pensar que ya está todo dicho: sin pesticidas, sin fertilizantes químicos, cultivo respetuoso. Y es cierto, es un buen punto de partida. Pero existe un paso más allá, menos conocido, que va más lejos que evitar lo dañino: la agricultura biodinámica, y en concreto la agricultura biodinámica cosmética que sostiene los productos con los que trabajo.
Qué diferencia a la agricultura biodinámica de la ecológica
La agricultura ecológica evita el uso de pesticidas y fertilizantes sintéticos. Es un enfoque necesario y valioso. La biodinámica parte de ahí, pero añade algo más: entiende la finca entera como un organismo vivo, donde cada elemento —el suelo, las plantas, los animales, los ritmos del año— está interconectado, y busca beneficiar a la vez a las personas y a la naturaleza, no solo evitar el daño.
Esta forma de cultivo nació en 1924, cuando un grupo de agricultores acudió a Rudolf Steiner preocupados por el empobrecimiento progresivo de sus tierras. De ese encuentro surgió un curso que sentó las bases del movimiento —anterior, de hecho, en varias décadas, al nacimiento de la agricultura ecológica tal como la conocemos hoy.
Los ritmos cósmicos, una sabiduría antigua
Uno de los rasgos más característicos de la agricultura biodinámica es que tiene en cuenta los ritmos cósmicos —las fases lunares, la posición de los planetas— a la hora de decidir cuándo sembrar, podar o cosechar. No es una idea nueva ni ajena al campo: los payeses de antaño ya cultivaban siguiendo estos ritmos, mucho antes de que existiera ningún certificado que le pusiera nombre. El sector donde esta tradición se ha hecho más visible es, probablemente, el vino, con bodegas certificadas en Francia, Italia y también en España.
Demeter: el primer sello ecológico del mundo
De esa tradición nace Demeter, la certificación internacional para agricultura biodinámica, fundada en 1928 —el primer sello ecológico registrado en el mundo. Hoy certifica granjas en más de 65 países, y no solo vino: también hortalizas, lácteos o cereales, presentes ya en tiendas de proximidad y supermercados ecológicos como Veritas.
Mantener sus estándares no es sencillo ni barato: cultivar así exige más espacio, más mano de obra, más tiempo. Pero ese esfuerzo se traduce en una calidad reconocible y en una relación con la tierra que no solo extrae, también regenera.
Agricultura biodinámica cosmética: dos ejemplos cercanos
La cooperativa de Los Pedroches, en Córdoba, lleva más de 17 años cultivando olivos para WALA, el laboratorio detrás de la cosmética Dr. Hauschka. Empezaron con agricultura convencional, pasaron después a la ecológica certificada, y desde 2022 una parte de sus agricultores ha dado un paso más: cultivo biodinámico certificado Demeter, según cuenta la propia WALA.
Más cerca todavía, en Vallgorguina, Barcelona, Vivers Salicrú lleva años cultivando siguiendo estos mismos principios —productos de temporada que la chef Carme Ruscalleda ha comprado para su restaurante, destacando en televisión la diferencia de calidad que apreció en ellos.
Incluso en la alta cocina catalana el enfoque ha calado hondo: desde 2020, el huerto biodinámico del Celler de Can Roca —de los hermanos Roca— se cultiva siguiendo estos mismos principios, un dato que pocas veces se cuenta y que dice mucho de hasta dónde ha llegado ya esta forma de trabajar la tierra.
Por qué me importa, más allá de cualquier sello
Lo que más me interesa de todo esto es la mirada de fondo: un cultivo que no se limita a evitar el daño, sino que busca activamente el equilibrio del sistema entero. Esa misma mirada es la que aplico en cada tratamiento facial Dr. Hauschka: no corregir un síntoma aislado, sino acompañar un equilibrio que ya existe —la misma idea que también exploro en la biografía de una planta y en el silicio como mineral que sostiene la forma.
Este artículo es de carácter informativo. Los tratamientos faciales son servicios de cuidado y bienestar de la piel. No sustituyen el diagnóstico ni el tratamiento médico.
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